Escritos Teresianos

La mayoría de los humanos mueren sin dejar huella duradera de su paso en el mundo en que han vivido. Incluso la memoria familiar de los hijos engendrados no va más allá de los nietos y se suele acabar en la segunda generación.

Algunos plantan un árbol, pero aunque dure siglos, quien disfruta su sombra o come su fruta no sabe quien lo plantó, ni guarda su memoria agradecida.

Otros escriben un libro, que es huella menos perecedera, pero al cabo de unos años también estos acaban arrumbados en las Bibliotecas sin que nadie los lea, ni recuerde al autor.

Sólo unos pocos privilegiados, como Teresa de jesús, escriben libros que desafían al tiempo y se siguen leyendo después de siglos, porque tienen la frescura de lo recién escrito, de una palabra viva y caliente como un pan que acaba de salir del horno.

Dicen los biógrafos que empezó escribiendo de adolescente, un libro de caballerías, y bien pudo hacerlo con los que había leído. Y como siguió leyendo libros de otro calado más espiritual, también pudo aprender lo suyo, ayudándola a ser escritora.

Pero la verdad es que cuando quiso relatar sus primeras experiencias íntimas y místicas se encontró sin palabras y sólo supo subrayar un libro que había leído. Hasta que recibió también la gracia de la efabilidad, de saber decir lo que vivía.

Y de ahí su Autobiografía, el libro de las Misericordias del Señor, escrito buscando luz de sus consejeros, y, donde ante todo quiere dejar constancia, al narrar las gracias recibidas de lo que Dios hace si encuentra un alma disponible. Con lo que pretende "engolosinar" al lector y que se acerque a Dios para experimentarlo. El libro lo escribirá dos veces, porque deslumbrados sus confesores por el primer relato le mandan ampliarlo y que se extienda en regalarles más doctrina sobre la vida de oración.

Lo hará ya en su conventito de San José, despertando en sus hijas que lo ven el deseo de leerlo y de ser instruidas en la misma materia. Y como al confesor no le parece bien escribe para ellas el Camino de Perfección, donde describe el itinerario espiritual como un camino -el de la oración-, que culmina en una fuente, que es la contemplación, que puede incluso alcanzarse con el rezo del Padrenuestro que allí glosa. No sin advertir la necesidad de cultivar unas virtudes necesarias ara el camino, como el amor, el desasimiento, la humildad. También este libro lo escribirá dos veces.

Más adelante a instancia también de los confesores escribirá el Libro del Castillo Interior, su obra cumbre, donde de forma más anónima transmite igualmente su experiencia espiritual. La que nace de haber descubierto que Dios vive en el hondón del alma de cada uno y nos invita a profundizar cada vez más adentro hasta llegar a esa última Morada íntima, donde Él regala copiosamente a quien se le acerca, a la par que le obliga a una entrega generosa como señal de la autenticidad del encuentro.

También escribió el libro de Las Fundaciones, para narrar la historia de cada una de las que hizo, dar testimonio de que todo ha sido más bien obra de Dios y no suya, a la par que nos ofrece la semblanza de los numerosos personajes que intervinieron y sin dejar de ofrecer doctrina a sus seguidores.

Y por escribir, además de otras obras menores, como los Conceptos escribió miles de cartas, que reflejan el día a día de sus preocupaciones. Y más aún los entresijos de su temple para afrontarlas, con lo que son un elemento indispensable para conocer de verdad a Teresa en su dimensión más auténtica, humana y espiritual.

Y son todos los escritos juntos los que acercan al lector de hoy y de siempre su figura, como la de un personaje real y amigo que nos habla al lado también de lo humano y lo divino, ganándose nuestra simpatía, propagando siempre aquella su "verdad de cuando niña" que es la única que puede dar a la vida un valor trascendente, buscando el preferir y cultivar mejor lo que sea "para siempre, siempre, siempre", y no sin más, lo pasajero.